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Sevilla es para pasearla.
Al margen de los numerosos monumentos, cuenta
con innumerables rincones, plazas y callejuelas que, unidas al olor del
azahar o del jazmín y al sonido de las fuentes, cautivan al
paseante. Gracias al entramado de sus calles, la cal en las fachadas y
las flores en los balcones, Sevilla ha conseguido una fisonomía
inconfundible.
Especialmente agradable es pasear por el Barrio de Santa Cruz,
antiguo barrio judío, de calles estrechas, paredes blancas y fachadas
simples. Un impecable blanco hace una preciosa
composición con el hierro forjado de las rejas de las ventanas y
con el zaguán, que da paso al patio con zócalos de
azulejos, una fuente central, un naranjo, un jazmín o una dama
de noche, plantas obligadas en cualquier patio.
Muy cerca, pero con un carácter totalmente distinto, se encuentra
la popular calle Sierpes, conocida calle comercial de trasiego
diario y tiendas llenas de tradición.
También tiene su encanto pasear por los maravillosos jardines del Parque
de María Luisa, dando una vuelta en barca por el estanque
de la Plaza de España. Y pasear por las orillas del Guadalquivir o
dar una vuelta en barco por el río.
Y si se prefiere, los encantos de Sevilla también se pueden
descubrir en coche de caballos. Eso sí, bajando de él de
vez en cuando para contemplar las pequeñas plazuelas y callejones
que se escapan a su paso.
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